De cuando Javier Duarte se puso los guantes

En corto… sin cortes/Por José Ortiz Medina.

Recién fue internado en la cárcel, Javier Duarte de Ochoa, trató de armar una red de internos que lejos de agredirlo, lo defendieran.

Fue así que les puso un gimnasio, rehabilitó él área de visitas, puso de lujo un vetusto baño, pero la llave sólo la tiene él, para visitantes VIP, impartió cursos de diferentes materias a los reclusos, a algunos les compraba medicamentos, etc…

Pero lo que más éxito tuvo entre los presos fue el gimnasio, al que hasta un ring le montaron. Entonces, Javier Duarte literalmente se ponía los guantes, y misteriosamente (oh, milagro) siempre ganaba en el cuadrilátero. Su retador siempre solía desplomarse entre el cuarto y quinto round.

El ex gobernador realmente disfrutaba esas victorias, como si fuesen de verdad. Era la época en que traía una bíblica barba, como de Moisés en el Diluvio.

“Esta barba –solía decir- me la voy a cortar el día en que salga de la cárcel, que ya será pronto… así se lo prometí a mis hijos”.
Eran los días de grandes depresiones, de consumo obsesivo de ansiolíticos. Y pasaban los días, las semanas y los meses, hasta que un día, harto de la barba, se la desprendió a tijeretazos. Además de que su novia, Xóchitl, con frecuencia le pedía que se la quitara. “No me gusta, me raspa, además de que te ves como un anciano”.

Y sucedió que hasta Gobernación llegó la noticia de las actividades pugilísticas del ex gobernador veracruzano.

“¿Cómo?… ¡que Javier Duarte está peleando…!”, exclamó Olga Sánchez Cordero.

Y de inmediato, suspendieron las peleas. El director del Reclusorio Norte se llevó tremendo jalón de orejas por concederle esas canonjías al ex mandatario estatal.

EL EXTORSIONADOR
NÚMERO UNO

Procedente de la Ciudad de México, el columnista le pidió a David Velazco que le regalara una casa. Obvio, el alcalde lo mandó a inflar burros por la corneta.

En el gobierno duartista, a un Coordinador de Comunicación Social le exigió que le entregara sin mediar factura alguna, y en ese momento, un millón de pesos.

Y así por el estilo. Pedía en la era priista mínimo cien mil pesos por cabeza. Sin rubor alguno. Sin vergüenza alguna.
Ahora se desgarra las vestiduras, grita y llora como una plañidera por los acuerdos y convenios de los demás, cuyos montos no son ciertos, fueron inflados con fines aviesos.

Mediante peticiones a los portales de transparencia se sabrán las cifras, y se percatará que lo sorprendieron. Tarde o temprano será información pública.

Pero así es este sujeto. Y ésta es tan solo una parte de su negro expediente, tan oscuro como su piel y su alma. Ya habrá tiempo para ir desglosando más capítulos de sus corruptelas. Con pelos y señales. Al tiempo.

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