Víctor un octagenario que coloca diatribas contra los políticos que le quitaron su empleo

Foto: Juan E Flores/ Plumas Libres
Foto: Juan E Flores/ Plumas Libres

Por Juan E. Flores Mateos/

Veracruz, Ver. ( Crónica) En la calle Dignidad esquina avenida Yañez de la colonia Hidalgo en el puerto de Veracruz hay una casa que le hace honor al nombre de la calle que la alberga.

Es pequeña y en su pared roída por la humedad porta diatribas contra los encargados de las instituciones que gobiernan el país. Algunas están escritas en una tinta roja que hacen recordar a quienes sostienen que escribir en color rojo es de mala educación:

“Funcionarios corruptos y políticos ineptos son carga para los obreros. Hay que mantenerlos de por vida porque andan de rama en rama como las ardillas.”

Esta casa en la que además se mira un bazar de ropa, se anuncia sastrería y reparaciones de televisiones y radios, es de Víctor Olea Quinto, octagenario nacido en la comunidad de Cerro de Piedra, Guerrero.

“Estoy en contra de esos malvados. Son ya 7 años que no trabajo por culpa de esos bastardos del recinto portuario, que me niegan la entrada a un lugar en el que yo trabajé más de cincuenta años como peluquero y sastre”.

Sentado en su hamaca el señor Olea juega con sus dos nietos. Una pequeña que carga en sus brazos y otro pequeño vestido con una piyama como de militar que inquieto hace travesuras en el patio pequeño de tierra.

El señor Olea tiene los pies callosos y las uñas desgastadas. Cuenta que llegó al Puerto desde hace más de 60 años y que antes de ser peluquero de los embarcados que llegaban de otros países fue estibador.

Foto: Juan E. Flores/ Plumas Libres
Foto: Juan E. Flores/ Plumas Libres

“Yo llegué aquí hace más de 60 años. Llegué primero con los pescadores de los Barrancos y después fui estibador entre el 57 y el 92 donde dejé toda mi juventud y fuerza, trabajé en los barcos hasta que llegó el orejón ese que (Salinas de Gortari) metió la requisa y nos la partió”.

La llovizna le cae en las mejillas desde el cielo nublado que hay hoy en Veracruz. El señor Olea parpadea. Explica que desde hace varios años busca tener de nuevo su permiso de acceso al recinto, incluso fue a la ciudad de México, a Presidencia de la República, sin éxito.

“He ido a dependencias federales y estatales. Desde Presidencia de la República hasta Derechos Humanos, la Suprema Corte. Y lo único que me responden es que los que gobiernan son ellos, los del recinto, que esos bichos son intocables, que la ley son ellos…entre ellos se cubren sus fechorías y se tapan con la misma cobija”.

En la casa se aprecian triciclos colgados, tiliches arrumbados, bicicletas para venta y su perro blanco de nombre Boss, quien duerme acurrucado en la tierra.

El señor Olea además es padre de seis hijos con nombres bíblicos que nacieron en el orden siguiente: Pablo, Esther, Abraham, Raquel, José y Pedro. Uno de ellos Abraham, ya no vive. Se dice ex simpatizante de la biblia y seguidor de Jesús, pero no de sus sectas:

“Fui simpatizante de la biblia pero no de sus sectas. Muchas viven de la buena fe y la ignorancia de las personas. Curas, pastores y siervos viven del evangelio en vez de cargar la cruz y seguir el modelo de Jesús. La mayoría comercializa con la Biblia, yo creo que esos entienden muy bien que la palabra es vida y no regresa vacía…”.

El señor Olea empezó la primaria pero se quedó en primero. Pero aprendió a leer y escribir muy bien. Hace 23 años que vive aquí en esta esquina de la popular colonia Hidalgo, donde casos de hombres celosos que asesinan a sus novias o esposas contrastan con casas afectadas por lluvias y deslaves, el olor de las galletas Cuétara, la lucha libre de la arena Fraternidad y el sonido del tren que adorna su cielo por las mañanas y las noches.

Sentado en su hamaca, el señor Olea da muestra de su preocupación por los animales. “Yo quisiera que por favor si sabes de alguien de esas sociedades de animales que los protegen, les digas que a mí me da mucha tristeza esos carreteros que pasan con sus caballos por aquí, aun después que no les dan de comer les pegan”.

Sin embargo Olea no sólo ha pintado fuera de su casa diatribas contra funcionarios sino también contra el mismo pueblo que según el Instituto Nacional de Geografía e Informática no denuncia en el 90 por ciento de los casos y se queda con los atropellos e injusticias.

“Ahí afuera no he terminado de poner bien que Tenemos el gobierno que merecemos por pendejos, rumberos y jelengues, pero una vez que pueda lo voy a hacer”.

El señor Olea se levanta. Ha llegado alguien. Pone a su nieta a un lado y sale a ver.

En el bazar en la semana gana 200 pesos, es por eso que desea con tantas ganas volver a entrar al recinto y llevarse los mismos doscientos y hasta quinientos pero al día que ganaba al cortarle el pelo a los marinos y componerle el dobladillo a sus pantalones.

“Yo ganaba más, entre 200 y 500, era un oficio eventual, dependía. Por una nueva Ley no me dejan pasar al recinto, he ido con todo mundo y no me han resuelto nada, como te digo entre ellos se tapan con la misma coobija”.

Es medio día. La llovizna no cesa. Afuera de la casa del señor Olea hay una bicicleta en venta sobre un triciclo. En las esquinas señoras aguardan en la parada a los camiones de las Rutas Yañez, Chivería y Reserva 1 que se ponen a jugar carreras por la zona.

Y en el patio de su casa el señor Olea ha desaparecido porque ya empezó a llover.

Foto: Juan E. Flores/ Plumas Libres
Foto: Juan E. Flores/ Plumas Libres

 

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